viernes, 14 de julio de 2017

Disciplina versus innovación. Y viceversa...

El mundo de la escuela lleva un par de días algo revuelto gracias a un artículo titulado: "Hay que recuperar la disciplina y la autoridad en la escuela" que podéis leer AQUÍ, si es que no lo habéis leído ya.

Y digo revuelto porque, como todo lo que se escribe sobre educación en este país y que suena extremo... Crea diversidad de opiniones. ¡Gracias al cielo! Si no, no aprenderíamos nunca qué es lo que NO queremos en nuestra manera de enseñar (y aprender).

Del artículo he decidido quedarme con tres partes, que son las que voy a rebatir.
Aunque he de decir que el texto, en general, me parece poco científico, demasiado oportunista y un poco "orina fuera de tiesto".
Y aquí va mi versión de los hechos, siempre atendiendo a mi idea de que los extremos nunca fueron buenos y que aplicar una metodología totalmente a rajatabla acaba cargándose el supuesto principio de todas ellas: LAS NECESIDADES DEL ALUMNADO.

Vamos allá...

1. "¿Cuál es el propósito de la escuela si el estudiante decide lo que quiere hacer? Estas corrientes quieren enfatizar al máximo la libertad del alumno, cuando éste lo que necesita es una enseñanza sistemática y muy estructurada, sobre todo si tenemos en cuenta los problemas de distracción de los niños. Si no se aprende en Primaria a ser ordenado y a aceptar la autoridad del maestro, es difícil que se haga más tarde. El alumno no siempre va a estar motivado para aprender. Hace falta esfuerzo."

Mi opinión: Estamos juntando churras con merinas y eso es un poco peligroso. Vamos por partes. Primero, con las "peligrosas" nuevas metodologías el estudiante no decide lo que quiere hacer, básicamente porque eso es una generalidad tan grande que chirría. Habrá ocasiones en las que tal vez sea así, y otras en las que obviamente, no. El caso es que si pensáis que esto va de anarquía, estáis errando en el concepto. El estudiante propone, la propuesta se estudia, y a partir de ahí, empecemos a hablar. El estudiante no llega a clase y, con golpe en la mesa incluido, suelta lo primero que le viene en gana. Eso es más propio... de algunos maestros. Segundo, que el alumnado se sienta libre no debería ser malo. Si me siento libre siento la confianza de ser yo mismo, de actuar sin sentir ningún tipo de presión o represión, y ese clima de tranquilidad es lo que se supone que da pie a que la atmósfera del aula sea la adecuada para aprender. La letra con sangre entra es pelín hitleriano. Pero para gustos, colores. Tercero, que se enseñe a través de proyectos, dejando a un lado los libros, en ocasiones o siempre, no quiere decir que el trabajo realizado no sea ni sistemático ni estructurado. Todo proyecto bien programado lo es y lo está, precisamente para después poder atender a la improvisación fruto del interés del alumnado, que no debemos subestimar, y que, insisto, no es anarquía y punto. Cuarto, los problemas de distracción ocurren cuando el niño no está ni motivado, ni cómodo, ni se siente libre. Si el problema va más allá, habrá que indagar un poquito para saber qué pasa y darle solución, por el bien de nuestros niños. Nada más que añadir al respecto. Quinto, ¿quién ha dicho que no se puede aprender a ser ordenado siguiendo una metodología que vaya más allá del libro y la ficha nacida a.d.C? El orden y el respeto al maestro no dependen de metodologías, dependen de la persona que se hace llamar maestro. Respeto y cercanía no están reñidos. A día de hoy, con 18 años en la espalda en este mundo de la escuela, que no son demasiados, pero son casi la mitad de mi vida, no ha llegado aún el día en que yo haya sentido que mis alumnos no me respetan, jamás. Tengo la suerte de creer en la reciprocidad. Yo los respeto desde el momento en que cruzan el umbral de la puerta. Ellos a mí también. Sexto, y último, contando con que a todos no nos gusta lo mismo, y que eso ocurre también en el aula, es labor del maestro conseguir que aprender sea algo menos pesado de la idea preconcebida que llevan; y no, no hacen falta globos de colores. ¡Ah! Y creer en el esfuerzo no está en discordia con creer en la motivación. En mis clases los resultados son sólo fruto del esfuerzo de mis alumnos. Eso sí, si se esfuerzan es porque tienen ganas de saber más, de aprender y de avanzar. Y sí, las tienen. Y sí, se esfuerzan. Y no, no hay negativos. No me hacen falta.

2. "Tener claro que el profesor organiza el trabajo del aula. Si los alumnos planifican su propio trabajo se hace muy complicado que obtengan buenos resultados y eso desmotiva al profesor, que no quiere responsabilizarse de algo que no funciona. Estas metodologías están alejando de las aulas a los profesores más competentes. Ya no se considera beneficioso que el adulto transmita sus conocimientos a los alumnos y se fomenta que los jóvenes se interesen por las materias siguiendo su propio ritmo. En un ambiente así no es posible enseñar porque no existe la confianza necesaria en la figura del profesor. Vivir en lo inmediato sin exigencias es todo lo contrario a la buena educación."

Mi opinión: Primero. El maestro puede organizar el trabajo del aula, pero también enseñar a sus alumnos a organizar su trabajo dentro del aula. De hecho, el trabajo por aprendizaje cooperativo lo demuestra, y de paso demuestra también que la autonomía genera responsabilidad y, además, les da estrategias de aprendizaje, a nivel grupal e individual. Y sí, está demostrado. Y de hecho los resultados son buenos, mucho. No seré yo quien diga si mejores o peores que cuando es el maestro el único que organiza y lidera, pero desde luego que,al menos, son tan buenos como cuando esto ocurre. Trabajar con iguales que te aportan lo que a ti te falta y que necesitan en lo que tú destacas, refuerza conocimientos y mejora la seguridad en ellos mismos, además de crear espíritu de equipo, eliminar el miedo al error y el pánico a la crítica. Por otra parte, si el hecho de que un alumno no aprenda desmotiva al maestro... Ese maestro se ha equivocado de vocación. Segundo, que las nuevas metodologías alejan a los maestros más competentes de las aulas... Está bastante unido a lo que he dicho tres líneas arriba. Eso por una parte. Por la otra... Defíname competente, señora Enkvist. Porque ser competente no es sinónimo de ser tradicional. Porque según la RAE, una persona competente es aquella que tiene capacidad y preparación para el desarrollo de una actividad. Y digo yo que si tienes capacidad y estás preparado, independientemente de la metodología con la que trabajes, eres competente. Por tanto, quizás, los que se alejan de las aulas no es que sean los más competentes, sino los que están más cansados o han perdido capacidades... Tercero. ¿Qué nueva metodología dice que ya no es beneficioso que el adulto transmita sus conocimientos? O me he perdido algo o seguimos orinando fuera de tiesto. Al alumnado le encanta aprender cuando al maestro le encanta contar. Escuchar a los alumnos es bueno, porque te hace ver de dónde parten y hasta dónde puedes hacerlos llegar. Hacerte escuchar y que quieran escucharte sólo depende de ti y tu capacidad de transmisión. ¡Anda! ¿Esto no era eso de ser competente? Cuarto. Que cada alumno aprenda según su propio ritmo es algo tan simple, tan simple, como el RESPETO. No son figuritas de porcelana que ni sienten ni padecen, ni relojes perfectamente sincronizados. Son personas. Son diversidad en estado puro. Son riqueza. Y merecen el mismo respeto que nosotros, y si eso implica que adaptemos nuestras maneras de enseñar al ritmo de cada uno de ellos, quiere decir que hemos entendido de qué va todo esto de ser maestro. Quinto. Cuando el alumno se siente respetado y escuchado, confía, se abre, interactúa, respeta, escucha y quiere aprender. Y la figura del maestro es, eso, la figura del maestro, ni con más ni con menos, que ya es mucho. Sexto, y último, vivir con la improvisación en la esquina de la clase, a punto de botar en cualquier momento y romperte tu "clase perfecta", no es sinónimo de vivir sin exigencias. La primera norma básica de vida en la escuela debería ser el respeto, pero empezando por los maestros, a los que se nos llena la boca con ella y damos pena resolviendo diferencias en la sala de profesores. Yo exijo respeto desde el primer minuto. Porque los respeto desde el primer minuto. Y por respeto precisamente a quienes quieren trabajar, saber, participar, aportar, investigar o compartir, todos sin excepciones trabajamos, participamos, aportamos, investigamos y compartimos. Si hay respeto, hay educación, y lo demás viene adjunto y de manera natural.

3. "Esa es la visión de alguien que no sabe cómo funciona el mundo de los niños. En la vida adulta, todos tenemos fechas tope, momentos de entregar un texto y esto se aprende en la escuela. Con los exámenes el niño aprende a responsabilizarse y entiende que no presentarse a una prueba tiene consecuencias; no lo repetirán para él. Si no cumplimos con nuestras obligaciones en la vida adulta, pronto nos veremos descartados de los ambientes profesionales. Los exámenes ayudan a desarrollar hábitos sistemáticos de trabajo."

Mi opinión: Sobre los exámenes... Sólo diré que no hace falta que un niño tenga un examen para que aprenda lo que es una fecha tope o un momento de entregar lo que sea. Volvemos a la palabra mágica: respeto. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Hay mil maneras de evaluar más allá del examen "tipo", y todas ellas suelen tener fecha de comienzo y de fin. Los alumnos aprenden a ser responsables de muchísimas maneras, es más, no sólo deberían hacerlo mediante los exámenes, ya que si examen es igual a nota numérica, el nivel de implicación en cuanto a responsabilidad es igual a "lo hago porque si no suspendo", no porque realmente quiera, me importe o sepa que es beneficioso para mí, mis compañeros, mi futuro y mis conocimientos. Los exámenes no son los únicos que llevan a desarrollar hábitos de trabajo, gracias al cielo, también hay otras maneras en el día a día, más allá de la cuantificación de los conocimientos de los alumnos, que ayudan a crear hábito en este proceso tan comentado de enseñanza-aprendizaje. Y muchas de ellas están, mira tú por dónde, incluidas en esas nuevas metodologías tan horrendas que pretenden desviarnos a todos del camino para hacernos arder en la hoguera de las vanidades.
Disculpad. Esto del final es un error. Quitad "vanidades", que aquí no casa bien, y reservadlo para cuando hablemos de nobleza, bondad, empatía, humildad, respeto y todas esos valores que los adultos que trabajamos con niños nos dejamos de exposición en la mesa de clase de buena mañana, pero que olvidamos poner en práctica, nada más cruzamos la puerta, y nos encontramos con nuestros iguales.
Pero esto ya será en otro post.

Me despido con un deseo y una pregunta.

Deseo que este artículo, el de Inger Enkvist, sólo haya sido una broma del encargado o encargada de su traducción, y que en dos días salga a la luz el texto real, acompañado de la imagen del mítico "inocente, inocente" y de la propia Enkvist partiéndose de risa en modo "gif".

Y pregunto... ¿Dónde dice qué está escondida la conexión entre falta de disciplina y nuevas metodologías?
Es que yo, en mis clases, aún no la he encontrado. 😉

jueves, 18 de mayo de 2017

Diversidad es riqueza. Actualicémonos.

Nos han enseñado, o nos han hecho creer, a lo largo de muchísimo tiempo, tanto siendo alumnos como luego siendo maestros, que la diversidad es un obstáculo a la hora de enseñar y, por tanto, a la hora de aprender.

Recuerdo que hace unos años, cuando cogí una tutoría de primero de primaria y dejé aparcada un poquito la especialidad de inglés, unas cuantas mamás, después de haber leído la distribución de alumnos en las listas de las clases, me buscaron para decirme que creían que mi clase era demasiado cañera. Mi respuesta fue clara: que si la clase era cañera, yo lo era más, que estuvieran tranquilas. Y os confieso que su comentario no me sentó bien.
Recuerdo que en la primera reunión que tuve con los papás de esa tutoría, la de inicio de curso, les dije que entendía que cuando habían manifestado ese miedo y esa inquietud porque la clase era demasiado cañera, lo hacían pensando en si sus hijos iban a sacar mejores o peores notas en función de los compañeros que les habían tocado en suerte. Les conté que mi punto de vista era diferente, y que pensaba que estaban cometiendo un error al sentar esos prejuicios sin ni siquiera haber empezado el curso, ya que la vida real, la calle, la sociedad y el mundo que a sus hijos les ha tocado vivir, están llenos de diversidad, están llenos de gente diferente, con sus mil circunstancias, y que cada una de esas personas que nos vamos cruzando en nuestra vida nos aportan, de una manera u otra, conocimientos, sabiduría, experiencias y, además, colaboran en nuestro crecimiento personal. Porque la diversidad es realidad y la realidad es aprendizaje. A diario.
Así que, como maestra tutora ese año me propuse demostrar que una clase no es mejor que otra según si sus alumnos se suponen mejores  o peores, comportamental o académicamente, sino que todo depende de la fe y la confianza que tengas en tus alumnos. Yo creí en mis alumnos desde el principio, creí en sus posibilidades y en que, precisamente, esa diferencia de ritmos que había en la clase, a la que yo llamaba cariñosamente "la clase de los 1000 ritmos", iba a hacer que fuera un curso perfecto para aprender muchísimas cosas más allá de los contenidos exclusivamente curriculares. Y así fue.

Me considero una persona a la que le van los retos, y tal vez por eso me gusta trabajar acorde a lo que necesita cada alumno y, a su vez, cada clase. Y de un curso al siguiente modifico mi manera de preparar las clases porque, ni yo soy la misma, ni mis alumnos tampoco.
Soy de las que piensa que igual que cada uno de nosotros, los adultos, afrontamos la vida de una manera, nos enfrentamos a nuestra vida laboral de una forma determinada y elegimos caminos profesionales diferentes, los niños, nuestros alumnos, también tienen ese mismo derecho a diferenciarse, ya que ni tienen las mismas inquietudes, ni les motiva lo mismo, ni sus intereses son siempre los mismos que los del compañero de al lado.
Cuando hablamos de diversidad, cuando hablamos de que una clase no es homogénea, o incluso que es demasiado heterogénea, que en ella hay muchos niños de diferentes ritmos, normalmente lo hacemos con un sentido más bien peyorativo.

Y la historia es que el problema base se encuentra en nuestro currículum; un currículum que está anquilosado en la antigüedad, que sigue diferenciando por materias, restando importancia a las que son tan necesarias o más que las demás, como la música, y que sentarían una base realmente buena para dar salida a la creatividad. Un currículum que sigue exigiendo maneras de enseñar, de aprender y de evaluar que no se adaptan a la realidad en la que vivimos. Un currículum que olvida la inteligencia emocional y la educación en valores, pero de verdad, no de frasecita de oposición, y que habla de competencias, pero el planteamiento que hace y lo que exige a nivel burocrático y de papeleo no da para que nos salgamos de ese margen.
Tenemos un sistema educativo de risa, en el que el profesor y el maestro, muchas veces, se convierten en un administrativo más que tiene que emplear muchas horas en rellenar papeles que luego nadie se lee. Mucha teoría y poca práctica. Un sistema en el que los maestros no pueden emplear ese tiempo en formarse en todas las metodologías que están despuntando, y que están pidiendo un cambio a gritos, gracias al cielo.
Hoy en día, nuestros alumnos están rodeados de información, es más, están híper estimulados, híper informados y quizás nuestra tarea, más que hacerles memorizar contenidos sin ningún tipo de sentido para ellos, debería ser encaminarlos a que tengan un verdadero pensamiento crítico, a que sepan usar todos los recursos informáticos que tienen a su alcance, para evitar así, entre otras cosas, el ciberacoso, y que aprendan desde pequeños a hacer un uso responsable de la tecnología.
Tal vez el currículum ideal sería aquel que combinara el aprendizaje de las materias, que no tiene por qué dejarse de lado, junto con el trabajo de la educación emocional y la coeducación. Está comprobado que aprender desde la emoción es más efectivo. Y creo que, además, todo aquel maestro que conecta emocionalmente con sus alumnos, de una manera u otra, también vive en primera persona el hecho de que, cuando un alumno se emociona, aprende más fácil, porque está conectando un contenido concreto con una emoción. Ahí su aprendizaje se produce de manera natural.
A cada alumno le motiva una cosa, le interesa un aspecto y le llama la atención una actividad diferente a la de su compañero. Igual que los adultos no trabajamos todos en lo mismo, porque entonces habría muchas carencias a nivel social, los niños tampoco tienen todos los mismos intereses​. Cada alumno se interesa en clase por aquello que le despierta curiosidad o alguna emoción, y es por eso que lo ideal sería partir de la educación desde el asombro, desde el aprendizaje centrado en sus intereses y en sus maneras de enfrentarse a la vida.

Los niños empiezan la escuela primaria, incluso la infantil, con un montón de expectativas. Cuando un niño llega a primero de primaria, lo hace con su mochila "de mayor", tiene que subir escaleras en muchas ocasiones porque ya ha cambiado al piso de los mayores, lleva su propio estuche con todo por estrenar y lleno de colores súper chulos, y también lo hace con un montón de ilusiones metidas en la mochila, junto con todos esos libros que le pesan un quintal, y que muere de ilusión por abrir.
Igual que nosotros ante una nueva etapa laboral nos creamos expectativas, nos hacemos ilusiones y proyectamos en futuro, los niños también lo hacen.
Ellos imaginan su primer día de una manera determinada, pero cuando acaba ese día puede ser que nada de lo que habían soñado haya ocurrido. Y, aunque suene triste, eso se repite día a día. Y entonces es cuando el alumno acaba la primaria tan desmotivado y con tan pocas ganas de seguir estudiando, que pasa al instituto por inercia, no porque tenga ilusión de seguir aprendiendo.

La labor de los maestros debería ser conseguir que, todos y cada uno de los alumnos que pasan por nuestra clase, se fueran más motivados aún de lo que empezaron el curso con nosotros, que continuaran su camino hacia el curso siguiente con muchísimas más ganas de saber, con más ganas de aprender, con muchísima más curiosidad, con más inquietudes, y con la libertad suficiente y la confianza necesaria como para seguir queriendo investigar por su cuenta. Y todo esto hoy en día sigue fallando.
Cuando nos centramos en acabar las páginas de un libro, cuando nos centramos en reforzar el conocimiento sólo a base de fichas y más fichas machaconas, y pensamos que por el hecho de que las coloreen estamos haciendo la asignatura motivadora​; cuando les mandamos faena para casa que es exactamente igual que la que han hecho en el colegio, mismo formato, mismas indicaciones, lo único que estamos provocando en el alumno es aburrimiento y hastío. Estamos consiguiendo una falta de interés cada vez mayor.

A mi modo de ver, el aprendizaje memorístico hoy en día no tiene ningún sentido. No sé siquiera si lo tuvo cuando nosotros éramos pequeños y aprendíamos definiciones y listas sin más fin que el de volcarlas en un examen.

Preguntadme geografía. Soy pez. Porque memoricé sin ningún tipo de sentido, porque me aburría enormemente en las clases. Aprobé con buenas notas, pero sin disfrutarla ni un poquito. Y sin embargo, ahora que soy yo quien la enseña, he aprendido a quererla, sin memorizarla. A vivirla y entenderla.

Creo que lo importante hoy en día es ayudarles a saber manejar todos los medios que tienen a su alcance, y también la información, a hacerles ver que aprender sobre el mundo en que vivimos es simplemente maravilloso.
Muchas veces son las propias familias las que tienen miedo a que su hijo no sepa la lección y no la sepa desarrollar en el examen, porque no ha llevado el libro a casa para memorizar. Y yo insisto en que el aprendizaje es muchísimo más significativo y más real cuando se entiende y se razona que cuando se aprende a golpe de repetición.
No sirve de nada que un niño sepa definir lo que es un río cuando no entiende la mitad de las palabras de la definición. Si, por el contrario, le ponemos ejemplos gráficos, le hacemos aprender más allá del dibujo del libro y lo sacamos fuera del aula, le ponemos vídeos, hacemos que sea él quien investigue... ese aprendizaje es tan significativo y tan real que se queda grabado en su mente de una manera totalmente natural porque está motivado.

Si en vez de hacer aprender al dedillo, si en vez de centrar nuestra enseñanza sólo en los libros de texto, los cuadernos y las fichas que los complementan, abriéramos un poquito más los ojos, miráramos hacia adelante y quisiéramos entender qué hay en la cabeza de cada uno de nuestros alumnos, sería muchísimo más fácil enseñarles y hacerles llegar a eso que queremos que lleguen. No podemos olvidar que ni todos los niños tienen las mismas capacidades, ni los mismos intereses ni las mismas aficiones.
Si de verdad, y no de teoría de oposición, partiéramos de sus intereses y de sus maneras de aprender, llegaríamos a todos, y todos serían capaces en mayor o menor medida de llegar a los contenidos programados, de asimilarlos a su manera y de pasar al siguiente curso preparados. Y cuando hablo de preparados no me refiero a con todas las tablas de multiplicar aprendidas de memoria y con 250.000.000 de definiciones de sujeto, predicado y relieves varios, me refiero a preparados para todo lo que se les ponga por delante, ya sea contenido académico, ya sea desarrollo personal.

Y es que, verdaderamente, creo que el aprendizaje en la escuela va más allá de un libro y va más allá de una suma llevando, es convivencia pura y es la sociedad, y son unos valores. Y todo eso se trabaja en el día a día de la clase, no sólo volcando en la pizarra las restas que han hecho en el cuaderno.
Un alumno está realmente preparado para pasar al curso siguiente cuando tiene la ilusión suficiente como para querer pasar y querer seguir aprendiendo, y mi experiencia me dice que todos los alumnos son capaces de aprender, de una manera u otra.
El fallo está en la base, y en que la manera que tenemos de evaluar sigue siendo la manera tradicional de antaño. Aunque queramos cambiar la metodología, aunque nos formemos en nuevas corrientes y hagamos cosas diferentes, a la hora de la verdad seguimos evaluando a la manera antigua,  y no tiene ningún sentido hacerlos pasar por pruebas que, al final, les llevan en su gran mayoría a memorizar.

Da mucha risa, por ejemplo, cuando lees la ley y ves que se te exige un plan de atención a la diversidad, pero siempre contando con que la diversidad se basa en aquellos alumnos que necesitan compensatoria o necesidades educativas. Y eso es un error enorme. La diversidad está en cualquier aula. Por pocos alumnos que tenga ese aula, ya es diversa pues cada alumno aprende de una manera diferente. Si el currículum se hiciera pensando en que los alumnos atienden según sus intereses, cambiaría todo.
Podría decirse que hoy por hoy atendemos a la macro diversidad, a groso modo, pero sin embargo las pequeñas particularidades de cada niño, que son enriquecimiento puro, nos las perdemos. 
Si nosotros no somos capaces de hacer que esa diversidad se convierta en riqueza, y la verbalizamos como un obstáculo, y nuestras clases están dirigidas a aquellos alumnos que entran dentro de nuestro esquema mental de "normalidad" siguiendo la creencia de que la homogeneidad es lo normal.. Nunca jamás avanzaremos.

Es quizás por eso que me he prometido a mí misma que no volveré​ a trabajar de la manera tradicional basada en la individualidad, ya que el aprendizaje cooperativo es una de las cosas más bonitas que me ha pasado. El trabajo cooperativo da la oportunidad, de verdad, a todos y cada uno de los alumnos de la clase de demostrar cuáles son sus verdaderas capacidades, y todos aprenden en gran parte gracias a que se ven capaces de enseñar a los demás.
La idea preconcebida de que van a copiarse por estar juntos, de que van a hablar más de la cuenta, de que molestan porque la clase nunca está en silencio, de que después no sabrán trabajar solos... es falsa. Con el trabajo en equipo y por roles aumenta su seguridad, su crecimiento personal es mayor y su confianza también; y después de eso, el éxito individual es automático.

Nos queda mucho por hacer. Mucho por demostrar y mucho por cambiar.
Pero cada vez somos más los que tenemos ganas de una educación diferente, adaptada al hoy, más humana y emocionante y, en definitiva, más rica.

La DIVERSIDAD es RIQUEZA. ACTUALICÉMONOS.

domingo, 30 de abril de 2017

¿Te atreves?

Eso es.
Detecto a partes iguales ilusión y miedo ante un cambio en el sistema educativo.
La ilusión es fácil de detectar porque se ve en el brillo de la mirada.
Cuando conectas con alguien con quien compartes manera de pensar, hay una chispa que se enciende sola. Y ese momento es emocionante. Llamadme moñas, pero para mí lo es. Encontrar a una persona en tu entorno profesional con tus mismas ilusiones, con las mismas ganas de atreverse a cambiar lo establecido, con el sueño de romper con las metodologías anquilosadas, sin ansias de ningún tipo ni más ambición que la de hacer las cosas bien para seguir creciendo personalmente... Es un regalo.
Pero igual que se detecta la ilusión, se ve venir de lejos el miedo. Y si no el miedo, aun peor, la comodidad, el amor por lo rutinario, la soberbia del no querer probar algo nuevo porque "esto me lleva funcionando así toda la vida y seguro que es mejor que las moderneces que nos quieren vender".
Si la humanidad siempre hubiera tenido ese pensamiento de no probar o no intentar por miedo a lo desconocido, seguiríamos viviendo en cuevas y comiendo carne y bayas crudas por no tener fuego con que cocinarlas, las mujeres no llevaríamos pantalones pero sí corsé (y no sólo de tela), y la gente de bonita piel color chocolate seguiría sirviendo a los de piel de color más claro porque en algún momento de la historia nos creímos superiores.
En educación pasa como en la vida. Porque la educación es vida, es base, es cambio, es movimiento. Si me quedo quieto mientras el mundo gira, las sinergias acaban chocando, yo contra el mundo, y el choque resulta en fracaso.
Innovar no es ofender, como lo de preguntar. Innovar es progresar. Innovar es caerse porque no funciona, reconocerlo, levantarse del batacazo y seguir dándole vueltas hasta que sale. Innovar es aceptar que se puede enseñar desde el asombro, que los niños tienen mucho que aportarnos a nosotros sin que eso signifique que los límites no existan. Que llegados a este punto, hay quien se marea y te imagina en clase, disfrazado de Fraggle Rock y permitiendo que cada uno haga lo que le salga de la oreja, mientras tú animas y sonríes mientras pintas una pancarta que dice "Viva la anarquía".
Pues no. Innovar es aceptar que se aprende más y mejor cuando hay ilusión de por medio, cuando los negativos no caben en la clase porque aprender desde la amenaza es aprender para olvidar, cuando se da voz al pensamiento y la emoción de un pequeño porque aprender desde ese lado les hace conectar de verdad y aprender de corazón, que no de memoria. Innovar es conseguir que quieran saberse las tablas de multiplicar, porque es divertido poder calcular cuántas galletas hay en la despensa de casa, porque sé multiplicar cajas por galletas y no he de contar una a una, o saber cuántos globos de cada color hay en una fiesta de cumpleaños y cuántos quedarán cuando explotemos algunos. Innovar es lograr que sepan identificar elementos del paisaje de interior y de costa, no porque aprendan las definiciones como loros, sino porque van de excursión y lo ven in situ, porque la excursión la haces tú y les muestras vídeos donde les explicas, porque de manera voluntaria hacen maquetas que sus compañeros pueden tocar y con las que perciben esos elementos del paisaje en tres dimensiones.
INNOVAR ES ACEPTAR QUE NUESTROS HIJOS Y ALUMNOS ESTÁN PREPARADOS PARA SEGUIR APRENDIENDO AUNQUE NO HAGAN UN CARRO DE DEBERES CADA DÍA.
INNOVAR ES ACEPTAR QUE NUESTROS HIJOS Y ALUMNOS ALCANZARÁN LOS OBJETIVOS DEL NUEVO CURSO SI SE RESPETAN SUS RITMOS Y LA HETEROGENEIDAD SE VE COMO UN ASPECTO POSITIVO Y NO COMO UNA AMENAZA.
Innovar es estar a su lado y entender que, si no creemos en ellos y en sus capacidades de manera sincera, sin que eso signifique que tengan que sacar determinada nota, no llegarán al máximo de sus posibilidades. Que por cierto... son diferentes en cada niño y niña, como diferentes son sus huellas dactilares, sus sueños y sus circunstancias.

INNOVAR ES... VIVIR CON ILUSIÓN, A PESAR DEL MIEDO. 

¿Te atreves?😉

Noni Medina Ibáñez.
Maestra de inglés y primaria.