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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Sociales es un rollo

¿Os cuento una cosa? Cuando era pequeña... odiaba Ciencias Sociales. Me parecía un soberano rollazo.
Visto años después desde la perspectiva de maestra (y adulta con más o menos conocimiento) creo que sé que si Sociales no me gustaba era porque hablaba del mundo de los adultos sin ningún tipo de miramiento. Y a un niño, así a bote pronto, el mundo adulto le aburre. O si no le aburre, al menos no le interesa. Pero es que ¿a qué niño, en general, le interesan los tipos de paisaje o las funciones de un ayuntamiento?
Con Naturales no me pasaba lo mismo, básicamente porque todo lo que se contaba tenía que ver con cosas que sentía cercanas: el funcionamiento de mi cuerpo, el mundo de los animales (¿a qué niño no le gustan los animales?), las plantas, el planeta en el que vivimos...
Con el tiempo, Sociales desapareció como tal porque se juntó con Naturales y el pack, llamésmolo así, era mucho más comestible y menos denso, ya que unas cosas compensaban las otras. Sin embargo, por caprichos en esto de los "Juegos de Leyes", esta pareja tan bien avenida acabó siendo separada el curso pasado. Y... aquí vuelve Sociales, más intenso si cabe y prácticamente igual de aburrido, si eres un niño.
Como este año he vuelto a la tutoría de segundo de primaria, y evidentemente es una edad en la que los centros de interés poco tienen que ver con lo que nos gusta a los mayores, me he propuesto que a mis niños no les pase lo que me pasaba a mí cuando tocaba "Soci". Obviamente, nunca llueve a gusto de todos, y sé que incluso dando la clase bailando sobre la mesa, habrá veces que no conseguiré llegar al corazoncito de todos. Pero por intentarlo que no quede.
Hoy hemos inaugurado la unidad 1 de Sociales, con el apasionante mundo de los ayuntamientos, los alcaldes, sus regidores y los servicios municipales. Un tema que, si preguntase a mis alumnos por cosas de las que quieren hablar, no saldría de manera espontánea jamás. Así que como el día pintaba largo (mate, valen, sociales y caste), me ha parecido un buen plan dejar el libro a un lado y convertir la clase en un ayuntamiento. Concretamente en el ayuntamiento del pueblo donde doy clase.
Me he nombrado alcaldesa, pero no por lo de recibir regalos y rascar sueldo vitalicio, sino por poder dirigir el cotarro y poder guiarlos. He elegido 4 regidores, inventándome sus cargos o concejalías, y adaptándolos a la actividad y a la realidad de mis alumnos. A cada regidor le he adjudicado una serie de empleados a su cargo y... nos hemos puesto en marcha: entre todos hemos tenido que organizar las fiestas del pueblo. Teníamos al concejal de "fiestas y cultura", la concejala de "seguridad municipal" (y así de paso aprendían el concepto de municipio, que cuesta un poquito y suena abstracto total), el concejal de "agricultura y comercio" y la concejala de "limpieza y orden". Hemos fingido una reunión entre la alcaldesa y sus regidores, y otras subreuniones entre éstos y sus empleados. Han simulado limpiar las calles, cuidar los jardines, parar el tráfico, cortar el acceso de coches en algunas calles, montar escenarios y focos, organizar puestos de los productos de la huerta del pueblo, señalizar y otras cuantas cosas más, y ¡todo sin salir del aula!
¿Balance de la actividad? Súper positivo, por muchas razones. Han entendido, han asimilado conceptos, se han divertido y han disfrutado ejerciendo roles de adultos, se han sabido organizar, han sido conscientes de que el trabajo en equipo es necesario en la sociedad y que si uno falla todos fallan... y ¿sabéis lo mejor de todo? ¡Han trasladado al patio "nuestro particular ayuntamiento" y han seguido jugando todos juntos! 🔝🔝🔝
Por hoy, objetivo conseguido: Sociales NO es un rollo. El rollo somos los adultos y nuestras pretensiones cuando no centramos las clases en nuestros alumnos y sus intereses y olvidamos que una vez también fuimos niños. Más claro, agua.
¡Buenas noches y a soñar bonito!
Firmado:
La alcaldesa de 2°B. 😂😂😂😂

Pd: Y sí, después de "nuestro trabajo en el ayuntamiento", han completado las preguntas del libro sin ningún tipo de dificultad. Son unos cracks.😉

jueves, 16 de junio de 2016

No hay mal que cien años dure

No hay mal que cien años dure ni metodología que funcione siempre. Y aunque suene demasiado "sentando cátedra" es lo que firmemente creo.
No hay metodología que funcione eternamente porque trabajamos con personitas, con sus sentimientos, su propia composición del mundo, sus días buenos y sus días grises.
Sin embargo, hay algo que siempre funciona: creerse lo que uno enseña, amar lo que uno hace. Porque cuando disfrutas en tus horas de trabajo y te crees de verdad que lo que enseñas es lo mejor que puede pasarle a esos niños durante el ratito que están delante de ti... es prácticamente imposible no contagiarles el entusiasmo por lo tuyo.
Llega el final de curso y es inevitable echar la vista atrás y pensar, primero y para variar, "qué rápido ha pasado el año", y segundo, "I really had great fun!". Porque así ha sido, he disfrutado como una enana, me lo he pasado en grande iniciando proyectos, inventando nuevas maneras de acercar a mis alumnos al inglés, viéndoles aprender con entusiasmo y proponiendo ideas sin miedo y con mucha ilusión. He acabado agotada, como hacía tiempo que no lo estaba (sí, la edad también va haciendo de las suyas pero esto es un secreto), porque inventar nuevas maneras de llegar y motivar es enriquecedor pero agota al extremo. Pero al final de la carrera, ha valido tanto la pena que el cansancio es hasta satisfactorio.
¿Qué metodología he seguido este curso para conseguir que mis alumnos hayan aprendido disfrutando de verdad? Pues sinceramente, una no muy diferente a la de años anteriores pero con algún añadido que me ha hecho salirme todo el tiempo de los libros. Una basada en el alumno, pero de verdad, en sus intereses. Una que me permite enseñar aprendiendo. Una que acepta sugerencias de mis alumnos y cambia lo programado por sus ideas, sin cambiar lo que tengo que enseñar. Una que deja de lado exámenes tipo y abre puertas a otro tipo de maneras de evaluar sin que ellos sientan la presión de "es un examen", aun cuando son pruebas igual de exigentes. Una que los ha dejado libres para planificar sus trabajos, libres para organizar sus tareas, libres para decidir cómo hacer las cosas. Una que ha sentido el inglés como una lengua viva y útil y no como una asignatura. Una que ha dado paso al uso real de la lengua planteando actividades en las que había que hablar sí o sí, pero de manera natural, de lo que a ellos les interesaba. Una que les ha permitido hacerse expertos en el animal que más les gusta, o su transporte preferido, o los ha convertido en actores, porque para todo lo demás ya está google. Una basada en mi propio amor por el inglés, mis ganas de enseñar, mis ganas de aprender a raíz de sus ideas, mis ganas de dejarme convencer por sus propuestas de niños que nada tienen que ver a veces con las nuestras. Una basada en la intención de contagiar mi ilusión por lo que hago, convirtiéndome en guionista y directora de teatro, en bióloga o en experta en transportes de todo tipo para poder guiarlos.
No hay mal que cien años dure ni metodología infalible, pero lo que no falla jamás es recordar que las personitas que tenemos delante son, todas y cada una de ellas, un mundo lleno de posibilidades del que podemos aprender tanto o más de lo que pretendemos enseñarles.
Y dicho esto... ¡Feliz fin de curso a todo el mundo!
😉👏😉

martes, 24 de mayo de 2016

Hoy estás muy guapa

Siempre he dicho que mi profesión es la más bonita del mundo. Aunque haya días en los que te llevas a casa cargas emocionales que no te corresponden, bien por algún alumno, bien por alguna familia, o incluso por el desencuentro que haya podido tener algún compañero. A pesar de todo, el día a día en el aula, compensa.
El trabajo dentro de un aula no conlleva sólo el impartir ciertos contenidos con más o menos gracia, en absoluto. El primer trabajo en el aula es el de conseguir que mis alumnos quieran aprender, que quieran que llegue "mi hora", que se sientan felices conmigo, a pesar de que haya límites y normas, y aunque al final del camino, la razón verdadera por la que estén en mi aula (o yo en la suya) sea porque les he de enseñar unos contenidos y conseguir que, cada uno a su manera, los aprendan.
Para ser maestra necesito ejercer de ilusionista cada comienzo de unidad. Al menos así lo veo yo. Necesito sentir que mis alumnos se enganchan desde el comienzo porque les he contado lo que vamos a hacer, cómo y qué habrán aprendido al final de la jugada y les resulta increíble imaginar que la meta sea ésa y se llegue así.
Considero que lo más bonito del final de una clase es el momento en que dices "The class is over! We've finished! Clean up!" y espontáneamente los oyes quejarse: "¿ya? ¿tan poco? Noooo!..." En ese mismo instante engordo unos cuantos kilos de pura satisfacción. He conseguido mi objetivo (no, no era engordar): que quieran aprender, que les guste aprender, que quieran seguir, que se hayan enganchado, y que encima lo expresen tan abiertamente.
Insisto, hay momentos difíciles, durillos, cansados, como en toda profesión. Y no somos de piedra, al menos no yo. Hay situaciones que nos afectan, días en que estamos más acertados y días en los que lo mejor habría sido quedarnos en la cama y taparnos hasta arriba y no salir hasta el día siguiente. Pero luego ocurre que entras de buena mañana con ellos en el aula y, antes de empezar, se te acerca uno de tus alumnos y te regala un: "Noni, gràcies per fer les classes tan xulis!", o una de las peques de cuatro años, mientras llevas la fila, te dice: "Noni, hoy estás muy guapa". Y a ella se le une otra que lo repite, y a continuación el más espabilado aclara: "No, estás guapa siempre". Y tú mueres de amor. Porque te lo dicen hoy, justo hoy, que has ido a clase con dos horas dormidas en el cuerpo, que te has puesto tres kilos de corrector y aún así pareces la viva imagen de un walking dead. Pero ellos eso no lo saben. Ellos sólo han visto que, a pesar del dolor enorme de cabeza, a pesar de haber tenido que enfadarte con el que ha pegado al compañero sin motivo, no has dejado de sonreír. El día pasa y llega la tarde, y cuando el último grupito de niños está entrando en su aula, justo antes de que te vayas, una de ellas, la más pequeña, se acerca y te pregunta bajito: "¿te puedo dar un besito?", y cuando te agachas a su altura y le dices: "of course you can, sweetie" mientras le pones la mejilla, te dice: "te quiero mucho". Y al rato, al salir a la puerta, te encuentras de manera casual con una mamá que no suele venir al cole a recoger a su hijo porque va en autobús, y a la que le falta tiempo para saludarte y agradecerte la manera en que te has saltado la clase tradicional durante este año, y para pedirte que no cambies eso porque tienes a los alumnos enganchados, motivados, aprendiendo mucho pero, sobre todo, queriendo aprender. Y entonces, por un momento, olvidas absolutamente todo lo ajeno a la escuela, tu falta de sueño, tu dolor de cabeza, la ausencia de ese ser querido, y vuelves a darte cuenta de que, a pesar de los momentos duros, las constantes críticas de la sociedad, la "opinología" general que suele ser bastante negativa cuando habla de los maestros, ya que todo el mundo sabe más que nosotros de metodología, empatía, enseñanza, técnicas y educación... Lo olvidas todo y vuelves a decirte para ti: "Mi profesión es la más bonita del mundo". Porque MIENTRAS HAYA UN SOLO NIÑO O UNA SOLA MADRE QUE CREAN EN MÍ, SERÁ SEÑAL DE QUE AÚN TENGO EL PODER DE ILUSIONAR.
Y por cierto, vosotros también estabais muy guapos hoy. No... vosotros estáis guapos siempre. 😉