miércoles, 20 de septiembre de 2017

Los maestros también lloran

¿Puedes guardarme un secreto?

Hoy en clase me he roto un poquito.

De golpe y porrazo, y sin venir a cuento, uno de mis 27 alumnitos se ha puesto a llorar sin consuelo alguno.
A pesar de haber conseguido que se calmara un poco, seguía sin poder entender lo que le pasaba del llanto que tenía, pobre. Así que lo he cogido en brazos, lo he abrazado fuerte y, aprovechando que estaba conmigo la maestra de PT, me he salido de clase con él.
Después de un rato de abrazo de osa mayor, he conseguido que me contara por qué lloraba así. Y aunque el motivo real se ha destapado al final de la mañana... El que me ha dado en un primer momento, me ha valido de sobra para entender su disgusto. Yo creo que ha sido una mezcla de ambos dos, y que, simplemente, hoy estaba más sensible.
Estábamos pegando flores en unos árboles, y esas flores le han hecho pensar en su abuela, que "se ha muerto hace mucho tiempo".
Y ha sido ahí... En ese preciso momento, cuando yo me he roto.
Le he confesado que yo también lloro mucho cuando pienso en mi padre, a pesar de que en octubre hará ya 4 años que falleció, que no es mucho pero a mí me parece toda una vida.
Le he dicho que yo también lloro así de fuerte, y que me ahogo entre tanta lágrima, porque lo echo de menos, y porque hay muchas cosas, canciones o situaciones que me recuerdan a él. Y que lloro de repente, sin poder controlarlo, cuando me viene, esté donde esté.
Entonces, le he pedido que me soltara un poco para poder mirarme... Y ver así que mis ojos, justo en ese momento, estaban llenos de lágrimas, como los suyos.


Su llanto ha parado, y me ha abrazado aún más fuerte.😊

Es increíble como, la gran mayoría de veces, los niños son mucho más empáticos que los adultos. No sé qué hacemos con esta virtud cuando vamos cumpliendo años.

Yo hoy me he roto un poquito, junto con mi alumno, y no será ni la primera vez ni la última. Soy llorona de catálogo. Y de las que piensan que no hay que tener miedo a mostrar abiertamente los sentimientos, y más en un entorno en el que la humanidad debería gobernar cada segundo... Porque trabajamos con corazoncitos expuestos a mil estímulos, que intentan cuadrar lo que sienten con lo que deben hacer o lo que creen que se espera de ellos. Y eso es un faenón emocional de cuidado.

Parece ser que los maestros también lloramos.
De emoción, de risa, de tristeza o de impotencia.

Bueno, al menos... yo lo hago.

Pero es un secreto.😉


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Los ingredientes secretos

Si me preguntas qué es lo que más me gusta de ser maestra... Te diré que las vacaciones.
Obviamente, es irónico. Pero era la respuesta fácil y con este tema, de vez en cuando, me sale la vena Maleficient.

Si me preguntas por qué me gusta mi trabajo... Te diré que por un millón de motivos pero, sobre todo, por uno en concreto: SER MAESTRA NO DEJA MORIR MI YO NIÑA.

Me permite dejar a un lado el lado aburrido de ser mayor y dejarme contagiar durante horas de la facilidad con la que los niños enfrentan la vida. Y eso sí es auténtico aprendizaje diario, señores, y no los líos mentales que solemos hacernos a diario los adultos, y que se cargan tantas relaciones y desperdician tantas oportunidades.

De ser maestra me gusta...

Recibirlos el primer día, con sus caras entre asustadas e ilusionadas, y confesarles que yo también estoy nerviosa y he dormido regular.
Ponerles una canción de Morat y decirles que se la dedico, cantarla a grito pelado mientras veo sus ojitos cada vez más abiertos y sus sonrisas cada vez más grandes, y que al día siguiente me pidan que ponga "su" canción. En bucle.
Decir 27 veces "Bon dia!" mientras les choco la mano, uno a uno, al final de la escalera, para que la primera cuesta del día sea menos cuesta.
Convertir una situación absurda en la excusa perfecta para intercambiar mensajes secretos con la clase vecina, a través de la ventana y cuando menos se lo esperan. Y conseguir así que todos quieran intentar leer y construir palabras, más allá de sol, sopa y pelota.
Que me cuenten sus cosas sin miedo, y sientan la libertad de preguntarme todo lo que se les pase por la cabeza sobre mí, porque si hay confianza hay naturalidad, y si hay naturalidad... Todo fluye.
Que me pidan que me pinte los labios de rojo, porque el primer día estaba "muy guapísima".
Pasar mesa por mesa para felicitarlos por su trabajo, aunque no hayan acertado ni una, aunque sepa que voy a tener que incidir en esto o aquello después, sólo por el hecho de que se esfuerzan y punto.
Bailar con ellos, y conseguir que hasta el más tímido acabe dejándose llevar y sonriendo.
Sentarme en el suelo con ellos a inventarme una historia.
Agacharme para hablarles y que sus miradas y la mía estén a la misma altura, porque si ellos no pueden subir al mundo adulto, soy yo quien ha de bajar al suyo.
Recibir sus abrazos espontáneos como un regalazo. Abrazos con restos de bocadillo o con manos de rotulador.
Decirles "no pasa nada" para tranquilizarlos cuando algo no les cuadra y se avecina río en sus ojitos. Pero decirlo de verdad, porque todo pasa y nada permanece. Y de paso lo interiorizo yo.
Que los alumnos que ya han pasado de curso, y ya no están en mi tutoría, me sorprendan con notas bonitas en el patio.
Recordarles cada día que son los mejores y que tengo mucha suerte de ser su maestra.
Insistirles en que son todos capaces de hacer lo que se propongan, cada uno a su ritmo.
Decirles lo guapas y guapos que son como son, cada uno con su altura, su tamaño, su tipo de pelo o su color de ojos.
Cantar, cantar y cantar. Con cualquier excusa.
Ponerles a Yiruma para trabajar y pedirles que se imaginen que estamos dando la clase en medio de un bosque. Un bosque muy frondoso y con un río de agua fresquita.
Decirles que se me ha hecho corta la mañana y que ellos pregunten que por qué no nos quedamos más rato.
Darles responsabilidades desde el minuto uno y confiar en su capacidad resolutiva.
Intentar que sean felices. Porque si son felices están motivados, y si están motivados... Quieren aprender.

Ser maestra me gusta por mil razones, y la lista se haría eterna. Pero sobre todo me gusta por una cosa: ME MANTIENE VIVA.

Ser maestra y tener delante a 27 personitas cada día, me recuerda que los ingredientes secretos para acabar con tanta barbaridad adulta son el RESPETO, la COMUNICACIÓN y la SINCERIDAD, y que para lograrlos sólo hace falta una pizquita de locura bien entendida, un montón de ilusión y mucha, mucha NIÑEZ.

Pero recordad, ésta es sólo mi versión de los hechos.😉